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D. MANUEL MARTINEZ LAGARES

 

Ilustrísimas Autoridades de la Ciudad de Córdoba, Muy Ilustre Consiliario de esta Hermandad, Hermano Mayor y Junta directiva de la Hermandad de Nuestra Señora de Linares Coronada, querido amigo y presentador, Señoras y señores.

(NEW LIFE)


Enfrentarse a la frialdad del papel para expresar el amor hacia una madre es una tarea poco menos que imposible, máxime cuando esa madre es, Nuestra Madre del Cielo. Porque el respeto y el cariño frenan nuestra prosa, temerosos siempre de no saber cómo relatar lo que el corazón siente o que nuestro corto entendimiento pueda ofender con palabras vacías a quien desde arriba nunca nos deja de su mano.


Pero una vez asumido que no hay lenguaje humano capaz de expresar nuestro amor a Dios y a su Madre Bendita, quizá la única solución sea invocar la presencia del Espíritu Santo. Entonces el corazón late más fuerte, tu pecho explota en una felicidad desconocida, tu mente te transporta a un bello paraíso, muy similar a nuestra preciosa sierra y una voz dulce te dice: No temas, habla, porque aquello que sientes tu Madre lo ve, mucho antes de que tú lo escribas y la lengua de Dios se escribe con otra gramática.


Glosar la belleza de María es quizá el mayor atrevimiento del que es capaz un ser humano y si en este caso me atrevo, es sólo porque sé, que de antemano me ha sido concedido su perdón. Nunca he sido digno de tan alto honor, aunque la bondad de mis hermanos de fe y la devoción a María Santísima me han hecho hoy el mensajero de su amor hacia nuestra Madre.


Larga es la distancia que nos separa del cielo y para nuestra corta entendedera, también es larga la distancia que nos separa de Nuestra Madre Bendita y pensamos que nuestro amor por Ella se pierde en el camino sin llegar nunca a depositar en sus manos nuestros terrenales anhelos.


Quizá por ello el hombre ponga en mano de los Santos sus ruegos, convencido de que siendo parte de esta tierra, forman ya también parte del cielo y su alma limpia es siempre bien recibida en al reino de Dios


Ensimismado en estos pensamientos, busqué una imagen cercana, humana, un ejemplo que me hiciera pensar que el hombre puede acercarse a Dios y a su Bendita Madre, si en el fondo ese es su deseo y la verdadera necesidad de su alma y encontré la figura de un hombre que siendo rey entre los hombres, renunció a cuantos títulos le ofreció la vida para disfrutar sólo del mayor honor que un hombre puede llegar a atesorar. Ser hijo de Dios y de María Santísima.


Si algo aprendí del Santo Rey Fernando es, que para SER ante Dios, hay que NO SER ante los hombres y que aquello que el ser humano ignora, al amor de una madre nunca pasa inadvertido. Y así, emprendí mi camino.


Una mañana de mayo, al alba, cuando el aire es puro y los sonidos del campo aún penetran suavemente en los oídos, llevado de un inquietante deseo, tomé la ruta del llamado Cerro de San Fernando o de Jesús, como también es conocido.


Caminaba sin prisa, ajeno al mundo, interesado sólo por cuanta belleza deseaba encontrar y que sin duda en algún momento me saldría al paso como si de un bandolero se tratara, robándome el alma y despojándome de todo pensamiento negativo, producto de la sombría vida que en el fondo todos arrastramos, por muy bella que nuestra ciudad nos parezca, porque no hay peor soledad que la soledad compartida.


Marchaba cabizbajo, como no queriendo enfrentarme al desierto de cemento y asfalto que, como una red de aquellas que usaban nuestros antepasados para recoger el precioso fruto del olivar, había caído sobre la fértil dehesa, cubriendo su suelo y arrasando para siempre su fresca hierba y la alegre música de sus arroyos. En ese ridículo afán del hombre por dominar aquello que desde siempre estuvo a su disposición, por el simple hecho de haber nacido, hijos de Dios.


Sólo divisar de vez en cuando en el horizonte los cerros que rodean el Santuario de Nuestra Señora Linares, hacían mi camino más llevadero, a sabiendas de que mi sed de felicidad se vería colmada con creces, con la exuberante vegetación de aquella primavera y sobre todo, con la seguridad de ser recibido por una Madre que siempre te espera.


Poco antes de llegar al santuario, sentí el deseo de mirar hacia atrás, como si quisiera observar el camino de mi vida y reposando bajo una encina dejé fluir a placer mis pensamientos y comprendí que sólo la senda de la búsqueda de Dios tiene sentido y mantiene nuestras fuerzas. Y cuando aquellas flaquean, la mano de nuestra Madre Bendita es el único asidero que nos queda, infundiéndonos el valor y la confianza para enfrentarnos a nuestro propio destino.


Poco tiempo después, una densa niebla invadió el lugar donde me encontraba, aunque no producía inquietud alguna. Te envolvía como si de un suave manto se tratara, produciendo una extraña sensación de paz. Decidí reposar tranquilo hasta que ésta me permitiera proseguir mi camino y en esta tesitura me encontraba, cuando de la espesa niebla salió la figura de un hombre a caballo, sencilla pero elegantemente vestido, con ropas de otra época, que en actitud amable se dirigió a mi:


. ¿Os halláis perdido?-me preguntó-


. No hasta ahora, Señor -le contesté-, aunque es mejor permanecer aquí hasta que la niebla remita.


. Os acompañaré en la espera, si me lo permitís

. Será un placer

Bajó de su caballo y se sentó a mi lado, cual si de un viejo compañero de viaje se tratara y al punto, comenzó nuestra larga y asombrosa conversación


-¿Seguro que no os encontráis perdido?-repitió-. Vuestros pensamientos buscaban respuestas.


-Me sorprendéis. Tan fácil es leer mis pensamientos.


-Conozco muy bien estos parajes y todo aquel que busca la soledad en ellos, busca también sus respuestas y la conversación sincera con Nuestra Bendita Madre.


- En eso no os equivocáis-le contesté- ¿Lleváis mucho tiempo recorriéndolos?


-Mucho. Aunque aquí el tiempo no importa. Sólo acompañar a nuestra Madre hace que mi existencia sea feliz. Os contaré una historia.


Con su mano apartó la niebla y dejó ver claramente una escena que me llevó casi ocho siglos atrás, sin causar en mí el más mínimo desasosiego.


Penetramos en la luz y comenzamos a andar entre hombres armados con signos visibles de cansancio. Algunos tomaban un frugal alimento, otros limpiaban sus pertrechos o cuidaban de la limpieza de sus armas.


-¿Quiénes son? -pregunté-


-Hombres de Dios y de María Santísima. -Aseveró él-


-¿Armados?. María Santísima y Nuestro Señor Jesucristo son el símbolo vivo de la paz.


-La espada por sí misma no daña, sino el corazón impío de quien la empuña y el de estos hombres no alberga el deseo de muerte al oponente ni al hermano, sino la defensa de la verdad. Ellos confían en que no necesitarán de su uso y que al final será el fulgor de su acero y el resplandor de la Cruz que forma con su guardamano, los que les llevarán a la victoria, haciendo ver, a quien en su camino se cruza, que Dios no ha venido a conquistar, sino a salvar, a todos sin excepción.


Su viaje desde Benavente, donde se encontraban cuando fueron avisados de la indefensión de la ciudad de Córdoba y de sus habitantes, no ha sido guiado por el odio, ni por el afán de riquezas, ni siquiera por el deseo de conquista para aumentar reinos terrenales. Desde su salida, María Santísima les acompaña en su viaje y es su amor a Ella el que les ha guiado.


Y como prueba de su Fe inquebrantable, aquí quedará la imagen que les ha acompañado, de quien ha sido y será siempre su Virgen capitana y que hoy llamáis, Nuestra Señora de Linares, a la que habéis coronado como reina de Córdoba.


Tomad ese caballo que os traen y acompañadme. -me sugirió amablemente-


Sin dudarlo monté aquel bello corcel que me ofrecían y comencé a cabalgar junto a tan interesante caballero, atrapado en las páginas del tiempo.


Proseguía su relato


-El 29 de Junio de 1236, estos hombres entraron en la ciudad y en la Gran Mezquita, acompañados del báculo del obispo de Osma. En el ámbito del Lucernario de Alhakén II, que les fascinó, se estableció la Capilla Mayor, luego llamada de Ntra. Señora de Villaviciosa. Y desde entonces se alza en ella la Cruz de Cristo.


El 20 de Junio de 1239, el Obispo Lope de Fitero, capellán y consejero, eleva la que fue Mezquita Alhama y desde su llegada Iglesia, a catedral y se consagra definitivamente a Santa María.


No era la voluntad de estos hombres destruir ni humillar, y así se demuestra a lo largo de su estancia en Córdoba, pues permiten a quienes lo deseen, salir de la ciudad en paz y permanecer en ella a quienes así lo decidan, aun siendo contrarios en su fe. Sólo pedían respeto a sus creencias y a las leyes establecidas para todos.


Una vez asentados en la ciudad, donde gracias a Dios y a María Santísima de Linares se encontraban en periodo de paz, aquí podéis ver cual fue su legado.


Y ante mis ojos comenzaron a sucederse las iglesias construidas en aquella gloriosa época.


Algunas de aquellas iglesias fundacionales que aparecían ante mis ojos, han desaparecido.


-San Nicolás de la Ajerquía transmitió sus deberes parroquiales al convento de San Pedro del Real, que hoy continúa prestando su servicio bajo la advocación de San Francisco y San Eulogio.


Omnium Sanctorum, ubicada en la actual plaza de Ramón y Cajal, se fusionó con San Juan de los Caballeros, cuya torre conservamos junto a la Iglesia de las Esclavas. La nueva parroquia establecida se trasladó luego al convento trinitario donde todavía continua pujante.


Y El Salvador, otrora ubicada en la esquina de las calles Alfonso XIII y María Cristina, hizo lo mismo con la de Santo Domingo de Silos, terminando ambas acogidas en la iglesia levantada por los jesuitas, conocida hoy como Iglesia de la Compañía.


Pero su obra subsiste gracias a su legado y al fervor popular.


Santa Marina de Aguas Santas, advocación traída por los primeros conquistadores, merecedores de una Iglesia por el valor demostrado en las murallas


San Miguel, San Nicolás de la Villa y La desacralizada Magdalena, muestra palpable de la frecuente laxitud cristiana.


San Andrés, que forma parte de la antigua basílica visigoda de San Zoilo y San Félix


Santiago, paso obligado del camino mozárabe a Compostela, que parte de Granada y que acoge en su itinerario a nuestro querido Santuario de Linares


San Pedro, que custodia las reliquias de nuestros mártires y que muestra al mundo el sacrificio de quienes proclaman su fe y su convencimiento de que nuestra vida empieza tras la muerte.


Y San Lorenzo, torre renacentista y rosetón mudéjar. Bella iglesia que custodia al Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas, ante cuya imagen Córdoba enmudece. Templo que acogió a Nuestra Madre Santísima de Linares en tiempos de guerra entre hermanos, allá por 1936.


Pero de todos sus actos, quizá el más valiente, fue conservar para la posteridad, la obra de quienes siendo sus oponentes en la fe, legaron a Córdoba obras como aquella Gran Mezquita Alhama dedicada a Aláh. Una construcción excepcional, en la que se conjugan de modo maravilloso, aportaciones cristianas y musulmanas, y que desde hace ya ocho siglos alberga La Santa Iglesia Catedral de Córdoba. Prueba indiscutible de la voluntad de un pueblo que, desde entonces, decidió abrazar la fe cristiana y venerar en ella a Dios y a Nuestra Madre Bendita.


Bajo el amparo de Nuestra Señora de Linares fundaron la Córdoba castiza que hoy conocemos y que hoy se mantiene en la fe verdadera, pese a los muchos intentos de someterla, aún en nuestros días o de eliminar de ella el mensaje de Nuestro Señor Jesucristo y arrasar nuestra cultura.


Establecieron catorce collaciones en la ciudad, siete en la Villa y otras tantas en la Ajerquía, en torno al mismo número de iglesias que les sirvieron como centros religiosos y administrativos. No cabía en su mente, la voluntad de un gobierno justo, sin la guía y faro de la fe, que siempre presidió sus decisiones.


Y de aquellas catorce collaciones nació la nueva ciudad de Córdoba, la esencia de la que hoy conocemos, esa ciudad que huele a azahar y cabello de ángel y que cada primavera se viste de luz y arrebatados colores que enmascaran sus desconchados corazones.


-Y qué Poder buscaban -le pregunté-


-No era el poder su meta al conquistar la ciudad, sino la idea de fundar una comunidad próspera, cuyos máximos valores fueran el respeto al ser humano, La fe, el amor al hermano necesitado, el respeto a la familia y sobre todo, el amor desmedido a una Madre cuyo manto les había amparado durante tantas leguas y que les empujó durante años a la conquista de corazones para Dios y no a la de tierras, pues ningún poder terrenal saciaba sus anhelos.


-¿ Y Que queda de tan digna empresa Señor?


- Queda la presencia permanente de la figura de nuestra Madre Bendita de Linares y cuantas enseñanzas nos trae ella consigo.


En un mundo donde la familia se disgrega, los hermanos rehúsan al amor fraterno, la sociedad se pierde en deseos vanos que a nada conducen y el ser humano sucumbe a la idolatría de sí mismo, buscando equivocadamente la eternidad en la existencia terrena, María Santísima de Linares nos lanza un permanente mensaje de amor, de humildad, de búsqueda del calor del corazón humano y de amor hacia nuestros semejantes y que como esas iglesias que estos hombres construyeron y que aún perviven con enorme fuerza, deben ser los pilares de la Córdoba que hoy conocemos.


Y todo ello proclamarlo sin miedo, porque aquellos que dejaron su vida en los caminos o bajo el alfanje enemigo y que hoy siguen haciéndolo por el sólo hecho de mantener su Fe en Jesucristo, no merecen nuestro desprecio ni nuestro olvido. Porque Ella, nuestra madre Bendita de Linares, jamás los olvida. ¿O puede alguna madre olvidar a alguno de sus hijos?


En un mundo en permanente guerra con el Mal,
Ella es nuestra Capitana!!


En la interminable lucha contra la injusticia
Ella es nuestra Capitana!!


En la batalla contra el abandono de los más débiles frente al poder despótico del poderoso
Ella es nuestra Capitana!!


Cuando las heridas de la existencia escuecen y sólo una voz puede levantarnos para continuar camino en la Batalla de la vida
Ella es nuestra Capitana!!


Cuando necesitamos de una mano fuerte sobre nuestro hombro, para iniciar la larga jornada de marcha que la guerra diaria impone
Ella es nuestra Capitana!!


Y cuando al final del día nuestros cuerpos rotos, cansados de las mil batallas perdidas frente al desamor y la injusticia humanas, buscan el reparador sueño que nos acerque un poco a Dios


Ella, que siempre ha sido Capitana, se convierte en la dulce Madre que con sus caricias nos arropa y endulza nuestros sueños.


Tras este paseo por la ciudad volvimos grupas y nos encaminamos de nuevo hacia ese paraje bendito que preside Nuestra Santísima Madre. En silencio y abrumado por el peso de la historia me preguntaba ¿Qué había sido de nuestra ciudad, del esfuerzo de nuestros mayores, de tanto amor derramado, de tantas vidas dedicadas a hacer de esta tierra un lugar mejor donde vivir, bajo el amparo de nuestra Madre? ¿Dónde quedaba nuestra fe? ¿Dónde el legado de nuestros antepasados?


Quizá el éxito, la vanidad, tantos años de paz, habían hecho de nosotros unos seres convencidos de merecer lo mejor, aún sin el menor esfuerzo, sabedores siempre del amparo de Nuestra Madre a la que habíamos relegado al retiro de su Santuario, como tantas veces hacemos en esta tierra, cuando quienes nos dieron la vida ya han cumplido con su misión.


Pero esa idea del abandono y el olvido me revelaban, porque nunca la misión de una madre termina, ni siquiera cuando parte definitivamente hacia la casa del Padre. Sus palabras, sus desvelos, sus caricias, en definitiva su amor, permanecen y conforman nuestra vida en cada gesto, en cada actitud, a cada paso.


Y mucho más, si esa Madre nos fue entregada por el mismo Jesucristo en el trance de la Cruz, dándonos el mejor e inmerecido regalo que un ser humano puede recibir. Qué fácil es decirnos cristianos, sabiendo que cuando la naturaleza arrebata de nuestra vida a quien nos dio el ser, otra Madre que nunca nos deja, toma su relevo para hacer más soportable nuestra existencia y aún así, somos capaces tantas veces de negarle una fugaz visita.


No sin cierta pesadumbre, volvimos al lugar de partida y mostré a aquel caballero mi preocupación por la falta de agradecimiento que Córdoba mostraba hacia su Madre del Cielo, a lo que él, apartando de nuevo con sus manos la espesa niebla, me contestó:


No siempre es así. La historia del ser humano está llena de agravios a Dios y a su Madre Bendita, pero no todo ser olvida ni desprecia las gracias recibidas. A veces, el amor prende en nuestras almas y un deseo irrefrenable de mostrar nuestro agradecimiento recorre nuestro cuerpo. Entonces nuestros pies se encaminan hacia el Santuario de nuestra Madre para decirle sin rubor que nuestra vida no tendría sentido sin Ella y que desearíamos como Su Hijo amado, encontrarnos siempre en sus brazos.


Entonces, observamos, como si de un hecho milagroso se tratara, que en ese afán no estamos solos, que una multitud nos acompaña, haciendo de nuestros rezos y canciones un precioso ramillete para ofrecerlo a sus benditas plantas y que a nuestro paso el campo florece, regalo del Ser Infinito.


-¿Veis aquella multitud?- me preguntó-


-Claro Señor, pero no los distingo


- Son tus hermanos de fe, aquellos que en honrosa Hermandad visitan a su Madre para que Ella nunca se sienta abandonada y piden para el resto del mundo la paz y el amor que a ellos nuestra Madre ya les ha concedido.


-¡!ya puedo verlos Señor!


Rafael al frente y Enrique, Antonio, Agustín, Isabel, Ma. Ángeles, D. Antonio, que con sus tres sencillos mensajes nos trae al corazón el amor de Dios y el gozo de ser hijos de María. Y tantos otros amigos que cada año nos contagian con la alegría de su fe.


Pero…, Señor, junto a ellos veo a Santiago, Manuel, José Ma., y otros hermanos que ya… -Ellos, como tantos otros hermanos, están aquí-me dijo-.


Nunca partieron. Quedaron como yo, disfrutando de la presencia de su Madre a la que siempre adoraron y como premio a su devoción permanecen felizmente atrapados en este paraíso, gozando eternamente de la Felicidad de su amor infinito.


Cada año os acompañan y piden a Nuestra Madre que proteja vuestras vidas como lo hizo siempre con ellos.


Y ahora debo partir con mis hombres, para escoltar el camino de los peregrinos hacia el santuario de Nuestra Señora.


(PROMISE ME)

Pero no me habéis dicho vuestro nombre Señor… ¿O debo llamaros majestad?


Mi nombre es Fernando y renuncié a todo título terrenal para recibir el único que realmente deseaba, el de Caballero de Cristo, siervo de Santa María y Alférez de Santiago. Ningún título hay bajo el cielo que pueda compararse al de ser Hijo de Dios y de María Santísima.

-Señor, antes de partir… no me neguéis vuestro consejo


-Sed humilde y prudente. Mostrad siempre vuestro respeto a los demás, aún no compartiendo vuestros ideales. Amad a vuestros hermanos, contra quien nunca debéis alzar vuestras armas y a vuestros hijos, como fuisteis amado por vuestros padres.


Poned vuestra vida en manos de Dios y de Nuestra Bendita Madre y nunca quedaréis perdido en el camino.


Nunca antepongáis el poder o el dinero a la felicidad de la familia, ni faltéis a la lealtad del amigo, ni reneguéis de vuestra fe, porque ella es vuestro sustento.


Y el día que tengáis que presentaros ante Dios, llevad sólo en vuestras alforjas vuestro amor por Él y la fidelidad a Nuestra Madre que os tenderá la mano en ese trance.

Y partiendo a galope me dijo:


-Id con Dios y con María Santísima de Linares!!!


Tras escuchar atento sus palabras, corrí hacia mis hermanos, cuya alegría me contagió de inmediato, haciendo nuestro camino hacia el santuario, un dulce paseo entre nubes.


María Santísima de Linares nos esperaba, con sus manos extendidas, el corazón abierto, la dulzura en su rostro y su amor convertido en un denso manto de flores que al sendero asomaban. Nada ni nadie podía parar nuestro andar alegre, porque la dulce voz de Nuestra Madre de Linares y su Hijo Bendito nos llamaba y contra esa llamada no hay fuerza humana. ¡VAMOS A LINARES!
Y al llegar ante Ella, le dije en voz baja:

Santa María, Madre del cielo,
Flor del Paraíso prendida en mi alma
Reina coronada de Linares
Ante ti postrado, te doy gracias por los bienes recibidos
A ti, que me has bendecido con mi esposa y mis hijos
Con el sagrado legado de mis padres
Con el calor de mis hermanos de sangre y la fuerza de mis hermanos en la fe
Con el fruto de mi trabajo
Dame valor para seguir tu estela bendita y el dulce camino que Tu Hijo nos marcara
Que mi vida sea ejemplo de amor y fidelidad a ti
Y en la batalla, sea tu amor el acero de mi espada y tu manto mi escudo
Y cuando llegue el momento de estar junto a Ti para siempre, sea tu rostro bendito el que me reciba en los campos del cielo y mi destino cabalgar en las tropas de paz de San Fernando, llevando por el mundo el amor del Fruto bendito de tu vientre.


Hermanos, que nuestra romería sea el fiel reflejo de nuestra vida, siempre alegres al encuentro con María Santísima de Linares:

Viva San Fernando.!!!
Viva Nuestra Señora de Linares Coronada. ¡!!

 


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