Nuestro pregonero
de este año 2010 es:

 


Fermín Pérez Martínez:

 

Nacido en Córdoba en 1958 y licenciado con grado en Ciencias Biológicas. Maestro de Primaria por oposición desde 1983, con destinos en Sevilla y Sanlúcar de Barrameda, y desde 2005 en el colegio Maimónides del Higuerón.

Hermano de Jesús Nazareno desde 1975, habiendo ocupado diversos cargos en la junta de gobierno. Hermano del Socorro desde 2002 y actual cronista. Colaborador de la hermandad del Cristo de Gracia.

El primer pregón, a la hermandad de la Soledad de Santiago en 1983. Luego vendrían los del XV y XXV aniversario de la reorganización de Jesús Nazareno; dos en la hermandad de Gracia, el primero en 1984, el segundo conmemorativo del 375º aniversario de la llegada del Cristo a Córdoba; la conferencia La Saeta, Semana Santa y Córdoba de la hermandad del Vía Crucis; las oraciones poéticas, con motivo de sus respectivos tricentenarios, a la Soledad de Jesús Nazareno y a la Virgen de los Dolores, y en 2000 el pregón del IV centenario fundacional de la hermandad del Nazareno de Fernán Núñez. Pregonero de la Semana Santa de Córdoba en 1989 y de la Coronación Canónica de la Virgen del Socorro en 2003. En 2006, exaltador de la saeta en el Memorial María la Talegona . En 2007, pregonero de las hermandades cordobesas de la Agonía y de la Esperanza, autor del panegírico de las bodas de plata de la restauración del Cristo de Gracia, de la salutación del 8 de septiembre a Nuestra Señora del Socorro y del opúsculo del hermanamiento de las hermandades del Vía Crucis y del Cristo de Gracia. Pregonero en 2009 del Viernes de Dolores. En 2010, pregonero de la Virgen de Linares.

Desde 1993, investigador de iconografía mariana y pasionista, con publicaciones como los estudios aparecidos en varios números especiales de Semana Santa de Alto Guadalquivir , o el estudio iconográfico incluido en el segundo volumen del libro publicado en Cabra con motivo de la Coronación Canónica de la Virgen de la Sierra en 2005. Diversas comunicaciones y ponencias en congresos y conferencias sobre el tema, como la dedicada en su cincuentenario a la hermandad de las Penas de Santiago o la ponencia presentada en el congreso organizado por la hermandad del Nazareno de Pozoblanco en su IV centenario, estudio iconográfico de las vestiduras de la imagen y técnico de sus bordados. Además de otros estudios sobre bordados, los editados por una editorial sevillana sobre los carpinteros, tallistas y doradores cordobeses. Colaborador en distintos boletines y revistas cofrades de Córdoba y provincia.







 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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D. FERMIN PEREZ MARTINEZ

LOA A SANTA MARÍA DE LINARES

PREGÓN DE SU ROMERÍA DE 2010

 

Fermín Pérez Martínez

Excelentísimas e ilustrísimas autoridades; Hermano Mayor, Junta de Gobierno y hermanos de la Real Hermandad de Nuestra Señora la Purísima Concepción de Linares; Romera Mayor y Corte de Honor; cofrades, peñistas y miembros de cuantas asociaciones ennoblecen el acontecer de Córdoba; respetabilísimo auditorio:

Refiere en página memorable la crónica cordobesa de las glorias de la Virgen de Linares que “en la tarde del sábado 4 de Junio [...] de 1808 salió para su santuario el rosario de Nuestra Señora del Socorro con multitud de sacerdotes e inmensidad de pueblo, y en la mañana del día 5, domingo de Pascua de Pentecostés, entró por la puerta de Plasencia precedida de la imagen de San Fernando y acompañada de todos los habitantes de la provincia que convertidos en soldados la vitoreaban y proclamaban por su invencible Generala”.

Cumplidos ya dos siglos de aquella primera bajada conocida de Santa María de Linares a su Córdoba, esta noche el último de los hermanos del Socorro se atreve a bajar espiritualmente, latido a latido, palabra a palabra, la imagen mil veces bendita de la Conquistadora, para, en su invisible presencia, cantar sus alabanzas en sintonía con los fieles cordobeses que con este acto comienzan los preparativos para el reencuentro anual del primer domingo de mayo con la virginal Serrana, Capitana General de los ejércitos del amor y de la entrega, de la alegría fraterna en tierras de Córdoba. San Rafael, recién invocado en ofrenda floral en la basílica de San Pedro, ilumine, como él sólo sabe, la dulce vereda que nos muestre a la Madre de Dios.

Para Ella, ante todo, el saludo enamorado de mi

 

AVEMARÍA DE LINARES

 

Ave, María

a coro elevan

ocho centurias

su voz angélica

hasta tu trono,

gentil Princesa,

inmaculada

lis cordobesa.

Llena de gracia,

bendita seas

porque al Bendito

acunas tierna.

Ave, abogada,

fiel medianera;

pues por nosotros

velas atenta,

si ave en el cielo,

ave en la tierra,

si ave en el valle,

ave en la sierra,

ave en las aguas

y en las estrellas.

¡Ave en Linares,

Señora Nuestra!

 

En la celebración de un nuevo aniversario de la conquista de Córdoba por el Rey Santo, el último domingo del pasado junio hermanos de Linares y del Socorro nos reuníamos fraternalmente a los pies de la Virgen Capitana para celebrar el bicentenario antes recordado. Me cupo entonces el privilegio de alzar mi voz emocionada en el recinto entrañable del santuario serrano antes de las inolvidables procesión y celebración eucarística oficiada por el Diputado Capitular de Linares.

 

Me consta que de la semilla de aquella mañana azul procede el fruto de esta noche radiante. Y que aquella semilla no es otra que la de la fraterna benevolencia del Hermano Mayor y su Junta de Gobierno, entre cuyos componentes es cita obligada la de aquel hombre bueno, siempre servicial y siempre afable, que ese día reencontraba por enésima y, lamentablemente, última vez, el Cofrade Ejemplar y hoy Hermano Mayor a título póstumo de la Hermandad de Linares, Antonio Criado de Dios. Definitivamente la Virgen de Linares, en el alto cielo de la dicha perfecta, da cumplimiento a la súplica del muéstranos a Jesús de cada salve, y para Antonio se manifiesta permanentemente, las espinas tornadas en corona de gloria, las manos liberadas para el amoroso abrazo, su Nazareno Rescatado.

 

Y junto al ya amigo para la eternidad, la bienaventurada legión de hijos fervientes de Santa María de Linares que a lo largo de casi ocho siglos alumbraron la senda de sus vidas con la mirada puesta en la que habita, encantadora, en la antigua atalaya serrana, en vanguardia la hueste castellanoleonesa que, regida por el muy mariano Fernando III, allí entronizó para siempre a la bendita Reina, en aquel lejano invierno de 1236, a la llegada del monarca para capitanear el duro cerco a la Medina cordobesa. Quiere la venerable tradición que la localidad de origen o el apellido de su capellán dieron el nombre a la Virgen. Eruditos modernos opinan que lo tomó del propio enclave cordobés, lugar donde se hacían fuegos para la comunicación estratégica, al-narum en árabe, o arroyo y paraje de cercanos linares o plantaciones de lino. En cualquier caso, Linares, nombre cordobesísimo, el primero conocido con que fue advocada en nuestra tierra la Madre del Señor, secularmente servida y homenajeada según el ejemplo singular de San Fernando.

 

En esa corte gloriosa de servidores de Nuestra Señora de Linares ocupa lugar privilegiado el Cabildo Catedral, cinco siglos cumplidos ya de patronazgo, más de relación devocional con su santuario. Significativamente, el más antiguo documento conservado que cita a Santa María de Linares es el testamento del deán Pedro Ayllón en 1302. Ya en 1467, la manda perpetua del chantre Ruiz de Aguayo, y años más tarde la continua atención de los diputados capitulares, entre ellos hombres tan ilustres como el artista Pablo de Céspedes, el futuro cardenal Luis Belluga, el gran benefactor del santuario y maestrescuela catedralicio Francisco Bañuelos o el arcediano Medina y Corella.

 

Tiernos afectos despertó María Santísima de Linares entre los frailes menores del convento franciscano de San Pedro el Real, como fray Lucas de Córdoba, capellán que fue del santuario a principios del siglo XIX y autor de varios escritos publicados en honor de la Virgen de Linares, su fervor entusiasta al unísono con el del humilde Bartolomé de Olivares, a cuyo celo debe la casa de la Virgen, entre otros bienes, la imagen de San Fernando tallada por Lorenzo Cano y la peregrina efigie de San Rafael. Otro ferviente devoto de María Santísima, largos años hermano mayor del Socorro, José Sánchez Sandoval, donaba a Linares la singular imagen de San José.

 

A la devoción del militar Pedro Agustín de Echavarri respondió la iniciativa de traer la Virgen a Córdoba ante la inminencia de la llegada del ejército francés, y nuevamente cuatro años más tarde para presidir junto al Custodio el juramento de la constitución liberal. Devoción a la Virgen de Linares inspirando, ya en el pasado siglo, la investigación erudita de Enrique Redel o el lirismo popular de las composiciones del maestro Ramón Medina. Devoción entregada de sus cofrades de todos los tiempos, entre ellos aquellos veinticinco devotos cordobeses que daban nueva vida a su Hermandad, y con ejemplar entusiasmo impulsaban, en los años sesenta del siglo XIX, realizaciones materiales como el campanario del santuario o el templete neoclásico para la Virgen; que prestigiaban la historia cofrade con la relación con la Casa Real o con el notable incremento de la tabla de indulgencias de Santa María de Linares, entre ellas las concedidas por San Antonio María Claret o las contenidas en la bula pontificia de agregación del santuario a la basílica romana de Santa María la Mayor en 1867. Su ejemplo perduraría en la obra de hermanos mayores como Ángel del Cerro, que en 1905 culminaba el dilatado proyecto del camarín, o como Baldomero Moreno, que, entre otras memorables actuaciones, hace 55 años daba auge a la romería de Linares en la fecha y formas que todos conocemos.

 

Con dos recuerdos personales concluyo este sentido homenaje a quienes nos precedieron en el amor a la Reina Conquistadora. El primero, ante el hueco donde fue ocultada la bendita imagen en días de odio fratricida, me lo contaba, entrañable, Amalia Jurado evocando emocionada a sus padres, como ella santeros de Linares. El segundo, ante la entusiasta crónica no escrita del sacristán de pro que fue Antonio Ruiz, que durante la última contienda engalanó y dispuso a su Virgen en diferentes ubicaciones en el refugio que para Ella fue su parroquia de San Lorenzo; y donde más hermosa estaba, nos decía, era en el altar de Jesús del Calvario.

 

Devotos de Santa María de Linares en la Iglesia triunfante, pues lo fueron en la Iglesia peregrina en la tierra, en varias etapas históricas agrupados corporativamente como cofrades suyos, la última, tras 130 años de protagonismo exclusivo del Cabildo Catedral, desde 1861 hasta nuestros días. Al siglo XIII se remontan las primeras manifestaciones de fervor cofrade en torno a la Virgen Capitana según la tradición cordobesa. Hermosamente la transmite Ramírez de Arellano en sus Paseos por Córdoba :

“A poco [..] de la conquista, instituyose una hermandad que fundó el hospital de la Lámpara o San Cristóbal, cuya iglesia aún existe con el título de Nuestra Señora del Amparo; a ella pertenecían todos los individuos del gremio de calceteros, que estando establecidos en aquellos alrededores, dieron nombre al arquillo que había en la confluencia de la Carrera del Puente con la Cruz del Rastro. En 1290, el obispo don Pascual formó instituciones para esta hermandad, y en ellas le impuso la obligación de celebrar fiesta anual a Nuestra Señora de Linares en su santuario, siendo tan bien acogida esta disposición, que durante los ocho días anteriores al de expresada festividad, celebraban una feria cerca del Amparo, cogiendo parte de la calle de San Fernando, que con tal motivo tomó el título de la Feria [...]; anunciando también aquella una especie de procesión que recorría las calles con trompetas y chirimías y llevando un estandarte que se cree sea el existente en la Catedral”.

 

Las actas capitulares catedralicias contienen el primer documento rigurosamente histórico que da fe de la existencia de la Hermandad de la Virgen de Linares: el acuerdo de conceder “licencia al Preboste y Cofrades de Linares para hacer la fiesta a Nuestra Señora”. Era el 20 de agosto de 1546, y la proximidad de la celebración litúrgica de la Natividad de la Virgen, el 8 de septiembre, hace pensar que por entonces esa era la fecha de la fiesta anual.

 

Sólo seis años más tarde, la misma fuente documental da cuenta de un hecho trascendental, dado a conocer en este mismo acto en 1988 por el archivero catedralicio e ilustre investigador Manuel Nieto Cumplido. El 31 de agosto de aquel histórico año del Señor de 1552, los capitulares eclesiásticos acordaban dar “en limosna seis ducados para ayudar a pintar y dorar la ymagen de la hermita de Linares”. Era la respuesta a la solicitud de ayuda económica realizada por los cofrades de Linares para la ejecución de la nueva efigie de la Virgen, sin duda la que desde entonces recibe el culto ferviente de los cordobeses en su santuario.

 

Probablemente nunca conozcamos el hecho lamentable que hizo desaparecer la primitiva imagen de la Conquistadora. Es sabido que, tras un pavoroso incendio que destruyó su templo, fue de nuevo efigiada en el siglo XV la Virgen del Pilar de Zaragoza, hecho que en nada merma el altísimo valor devocional de la más universal de las imágenes hispanas de la Madre de Dios. Lo mismo cabe afirmar para otras imágenes marianas de rancio abolengo que hubieron de ser sustituidas, como la popular Santina de Covadonga, la devotísima Virgen de la Cabeza o nuestra amada Madre y Señora de Linares, depositarias de una tradición multisecular dignamente heredada de la imagen primigenia.

 

En su actual apariencia, 458 años lleva enamorando a Córdoba Nuestra Señora María Santísima de Linares en su imagen plenamente renacentista, por más que la divina dulzura de su rostro evoque estéticas medievales que sugieren la mayor antigüedad de la faz virginal, sujeta por dos clavos al conjunto, según estudios radiológicos. La fuerza de la tradición iconográfica o el innegable perfil griego de la Señora contradicen la hipótesis, sin duda atractiva, del reaprovechamiento del rostro primitivo en la nueva efigie, tan clásica en sus formas serenas, mayestáticas, tan del Renacimiento en las doradas cabelleras, tan manierista en el desnudo vigoroso de la imagen del Niño.

 

Tuve la inefable fortuna de ser testigo de su última restauración, felizmente ultimada por Miguel Arjona días antes de la romería de 1994, en que la Virgen fue portada a hombros en su áureo templete neogótico desde la catedral hasta su santuario. Y doy fe del cuido exquisito del restaurador, que con mimo afianzó con modernas resinas la obra escultórica de madera de peral, fuertemente agredida por la carcoma, y en parte sustituida con fidelidad en épocas pasadas por nuevas piezas de pino de Segura en salientes lunares, alas del ángel o lado derecho del cuerpo del divino Infante, incluida la mano maternal que lo sostiene. Documentadas, escasas sustituciones, como la de la mano izquierda de la Madre, de discordante estética a juicio de Rafael Romero Barros, que dirigió la penúltima gran restauración de la imagen, realizada por Rafael Díaz en 1885. Sólo dos años antes había sido definitivamente despojada de sus ricas vestiduras textiles la sagrada efigie, tantas veces solicitadas por los cordobeses como protectora compañía en el lecho del dolor.

 

La delicadeza de la amistad y la ternura de la devoción mantuvieron durante los meses del concienzudo último proceso restaurador aquel humilde ramo floral junto a la imagen amada de la Capitana cordobesa, que en elocuente silencio nos iba transmitiendo buena parte de su historia artística por el buen hacer de Miguel. Hallazgo singular fueron las cajas de los dieciséis rayos que primitivamente irradiaban de los laterales del cuerpo virginal, acertadamente repuestos en madera de ciprés, en alternancia de rectos y ondulantes, según norma usual de la época. Pacientemente fueron descubiertos al menos tres aparejos de sucesivos dorados, y mínimos restos de plateado en las vueltas del manto permitieron su recuperación con oro blanco, como fueron recuperados y completados los restos de antiguas encarnaduras, probablemente las primitivas. Sobre el nuevo dorado, tenues veladuras en las cabelleras, discretas policromías en las vestiduras virginales completaron la magistral restauración, que nos devolvió en lo posible a su hermosura original la imagen bendita de la Virgen de Linares.

 

Mirándola, viene de inmediato a la mente el versículo inicial del capítulo 12 del Apocalipsis : “Apareció en el cielo una señal grande, una mujer envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies, sobre la cabeza una corona de doce estrellas”. El descubrimiento de la luna y la cabeza angélica que hollan las plantas virginales de la Conquistadora dio pie al entusiasta jesuita padre Moga para convencer en 1881 a una docta comisión de eruditos de que la imagen de la Capitana cordobesa representaba el misterio de la Inmaculada Concepción, acordándose entonces que en adelante fuese llamada Santa María de la Concepción de Linares. Vestida de sol y con la luna bajo sus plantas desde sus orígenes, sucesivos resplandores cefálicos circundados de estrellas completaron la iconografía inmaculista de la Virgen de Linares, ya para siempre asociada al celeste entrañable de la Purísima.

 

De la rápida evolución iconográfica que definitivamente fijó los rasgos iconográficos de la Limpia Concepción de Nuestra Señora da fe el sublime recinto de nuestra catedral, donde tres capillas fueron dedicadas al misterio concepcionista. Dos fueron erigidas en el siglo XVI, la primera la de la Concepción Antigua, con imagen titular poco anterior y de similar iconografía a la de Nuestra Madre de Linares, el Niño en brazos y a sus pies la luna y una cabeza de querube. La segunda, presidida por la imagen pictórica en que la Virgen responde ya, en el último cuarto de la centuria, a la iconografía clásica de la Purísima, la luna a sus pies, las manos juntas en oración. Alrededor, un coro de ángeles portan los atributos simbólicos de la letanía de la Señora. Son los ángeles que en alabanza acompañan a la Virgen, de prácticamente idéntica iconografía en sus entonces tradicionales imágenes de la Asunción, como la contemporánea de la Virgen de Linares que ocupa el registro principal del retablo de otra de las capillas catedralicias. Ya avanzado el siglo XVII, la Inmaculada de Pedro de Mena para la capilla del franciscano obispo Salizanes responde a la esencia del tipo iconográfico.

 

A pesar del entusiasmo de la erudita comisión decimonónica, no era el símbolo de la luna atributo exclusivo de la Inmaculada. Lo ostentaba, sobre cabeza de querubín y entre ángeles tenantes, en su hechura argéntea la peregrina Virgen de Villaviciosa, como aparecía en piezas de orfebrería en la apariencia barroca, entre ricos textiles, de otras imágenes cordobesas de la Virgen Madre, como la excelsa Señora de la Fuensanta o la misma Virgen de Linares. Lo trascendente del pretendido descubrimiento del providencial jesuita fue la vinculación de la imagen de Linares a la gloriosa tradición que desde el siglo XIV une a la Limpia Concepción de María con la ciudad de Córdoba, agrupada fervientemente a los pies de la Purísima en venerables cofradías, como la antigua de los escribanos, aunada como nunca en la polémica que enfrentó en 1614 a la ciudad toda con la Orden de Predicadores, y que con sabia prudencia zanjó simbólicamente el obispo dominico fray Diego de Mardones entronizando a la Concepción en hornacina preferente de su magna cruz catedralicia. Luego vendrían el voto de sangre en defensa del misterio de los dos cabildos, y, con los años, la proclamación de la Inmaculada como Patrona de España y, ya en 1854, la proclamación pontificia del dogma concepcionista.

 

Hermosa cabellera rubia no velada luce la Purísima de Linares, en signo antiguo de virginidad, de pureza intacta, otro rasgo inmaculista como lo son las tenues coloraciones actuales de las estofadas vestiduras, delicadamente aplicadas por el restaurador en ausencia de datos de las policromías originales: celeste orla del manto, blanco de la vestidura interior, que luce sobre el escote del rosado vestido. Mas nada de ello obsta a la adscripción de la imagen bendita, ante todo, al gran grupo iconográfico de la Virgen Madre, interpretación plástica del misterio supremo de la Theotokos , de la Madre de Dios, que hecho niño se acuna, indefenso, en su regazo.

 

Y dentro del grupo, el tipo iconográfico de la Madre de la Ternura, al que pertenece la Virgen de Linares, cabal interpretación de la Mater Amabilis , de la Eleousa o Virgen de las caricias bizantina, cuyo más divulgado ejemplar es el icono moscovita de la Virgen de Vladimir, tiernamente abrazada por el Hijo en gesto casi exactamente reproducido siglos más tarde en el lienzo entrañable de nuestra Virgen de Belén de las Ermitas. Ambas portan al divino Infante al lado diestro, como la Madre de Linares. Qué dulcemente se abandona el Hijo del Altísimo en brazos de la Conquistadora, reposado en su pecho mientras las amorosas manos virginales sirven de trono al que verdaderamente por nosotros se hizo carne. Con qué ternura alza hacia la Madre el Verbo encarnado el cielo de sus ojos, azules como los de Ella, que en tiempos pretéritos dirigía al Infante su mirada, mas desde tiempo inmemorial nos la dedica, misericordiosa.

 

La ternura del Hijo es la fuente de la ternura de la Madre, a veces manifestada en nosotros mismos cuando somos para nuestros hermanos reflejo de la delicadeza de la Virgen. Nuevamente he podido comprobarlo, en estos meses de inquietud, en el cariño entrañable de los cofrades de Linares. Lo acabo de experimentar ante las sentidas palabras de presentación de quien tan dignamente me precedió en este atril, el amigo Antonio Capdevila. Y, sobre todo, doy fe de que María es la Madre tierna que nos asiste con su intercesión en los avatares de la vida. Lo sabían nuestros antepasados cuando administraban la medicina a los enfermos en los vasos de cristal grabado con la Virgen de Linares. Lo proclaman los exvotos del atrio del santuario y los testimonios históricos de aquellas procesiones de rogativas por la lluvia de la segunda mitad del XIX, de las venidas de la celestial Capitana a su ciudad, entronizada en San Hipólito para ser eficaz intercesora en la epidemia colérica de 1865, y en San Pablo, en idénticas circunstancias, veinte años más tarde.

 

El 25 de noviembre de aquel año de 1885, recién devuelta al culto la sagrada imagen tras su restauración, era anunciada la propuesta de, por suscripción popular, ofrecer a la Virgen un corazón de oro que simbólicamente proclamase cómo está el corazón de los cordobeses en el de su Madre y Señora. Curiosamente, los viejos testimonios fotográficos evidencian el ligero desplazamiento hacia fuera de la nueva mano izquierda de la imagen virginal, sin duda para acoger, junto al pie del Niño, la proyectada ofrenda devota, hecha realidad un mes más tarde al serle impuesto por el Obispo a la Virgen de Linares el áureo corazón, que venía a enriquecer el mensaje iconográfico de la Conquistadora.

 

En los ricos anales de la amorosa protección de Santa María de Linares sobre Córdoba, el aciago 7 de junio de 1808 es fecha excepcional. En la tiniebla del sufrimiento de la ciudad avasallada por el invasor, la luz de la fe asistía al milagro de la mecha del cañón que, apuntando a la iglesia de San Pedro, morada temporal de la Virgen, era una y otra vez apagada hasta que el desconcertado general suspendió el ataque, que incluía la orden de degüello. Aquel año hubo de ser celebrada en Córdoba la fiesta anual del lunes de Pentecostés, fecha tradicional fijada en las constituciones de 1660 de la antigua Cofradía, que en su primer capítulo preceptuaban:

 

“Todos los años, en el segundo día de Pascua de Espíritu Santo, por ser en el todo el tiempo más oportuno y acomodado, se celebrará una fiesta con sermón en honor de la Virgen, y esta será sacada, en procesión, al campo, acompañada de todos los hermanos con cirios encendidos, y oficiarán los sacerdotes de la iglesia parroquial de San Lorenzo”.

 

La tradición cordobesa hizo coincidir la fecha con la jornada en que San Fernando dispuso a su ejército a los pies de la Virgen de Linares antes de la partida definitiva para culminar la conquista de Córdoba, como aparece en el bello grabado decimonónico de José Sánchez. Unas constituciones impuestas en 1704 por el Cabildo Catedral, con rango superior a las de la Cofradía, mermarían el carácter popular de la fiesta, al suprimir la procesión, recuperada, ya bajo el control único de los capitulares, décadas más tarde. Con el renacer decimonónico de la Cofradía, el domingo de Pascua de Resurrección se tomaría como punto de inicio de la tradicional novena de días festivos, siendo el último la fecha de la fiesta anual. Desde hace más de medio siglo, el primer domingo de mayo es el día en que Córdoba festeja multitudinariamente a su Madre de Linares, jornada central del triduo que comenzaremos pasado mañana y que culminará en el domingo entrañable de la ofrenda de flores, procesión y besamanos de la virginal Capitana.

 

A 1475 se remontan las noticias de las noches de vela de los cordobeses en el santuario de Linares, en no regladas romerías que organizaba la necesidad fervorosa de visitar a la Madre, cuya imagen, paradójicamente, es infrecuente en los espacios públicos de la ciudad, aunque la evocamos en la esquina de Santa Ana con la calle de la Pierna, invocándola como lo hiciera el cirujano cordobés milagrosamente atendido por Ella en el ataque de sus enemigos, o la recordamos, por tantos motivos, en las inmediaciones de la calle de la Feria, especialmente ante el retablo de la calle Candelaria, donde, junto a San Rafael, San Acisclo y Santa Victoria, la inscripción latina de la lápida sigue, fiel, consagrándolo “a la Santa Virgen María bajo la advocación de Linares”, y la Inmaculada de serie que ocupa la enrejada hornacina reclama permanentemente su sustitución por la digna reproducción de la Conquistadora que recuerde a la que, robada hace años, desde inicios del XIX hacía presente a la Virgen de Linares en su ciudad, como hoy la evocan la moderna parroquia y la avenida que llevan su bendito nombre.

 

En este Año Santo Jacobeo, la ermita de Linares vuelve a ser estación obligada en el camino mozárabe de los peregrinos que actualizan el antiquísimo rito de la peregrinación hasta el lugar sagrado del Apóstol. Idéntica significación tiene la ya tan próxima romería, como todas, alegoría del camino de la vida que nos conduce a Dios. Y en esa ruta, sin duda, esfuerzos y adversidades, desde el cansancio de los romeros caminantes a la nostalgia de un camino que en parte hicieron irreconocible. El mismo santuario nos recuerda permanentemente, a los pies de Jesús Nazareno y de la Virgen de los Dolores, que la aceptación del sufrimiento es parte de nuestra fe, como, enfrente, la alta cumbre, pedestal un día de la bandera triunfal de San Fernando, iba a ser con los años el Cerro de Jesús, abrupto camino de penitencias junto al mortal sufrir del Nazareno y las penas de su Madre.

 

Mas, regresando significativamente por la Cuesta de la Penitencia a su santuario en su gloriosa procesión, la Purísima Virgen de Linares es, como siempre, contrapunto gozoso a la dureza del camino. Sin merma de su gallarda majestad, Ella adelanta su pie izquierdo y lo posa, dulcemente, sobre el ángel, cuya sonrisa es reflejo de las sonrisas de su Dios y de su Reina, sonrisas de una alegre plenitud que como cristianos estamos obligados a vivir lo más intensamente posible en el sendero de nuestras vidas. En la alegría comunitaria de una boda en Caná de Galilea María logró, suplicante, el primer milagro de Jesús, prodigio del agua convertida en vino para ser ofrecido y compartido, como lo será el día de la romería en Linares, con los huevos duros, y el perol, y los trofeos, y, sobre todo, con el calor inefable de la amistad fraterna.

 

Tal antesala del gozo compartido, aún de madrugada habrá de cumplirse el íntimo ritual que, del Campo de la Verdad a San Agustín, protagonizan los coheteros que a Córdoba anuncian que del magno templo catedralicio de Santa María de la Asunción va a partir, puntualmente bendecida, la comitiva de los cofrades de Linares, a la que cada año son más los cordobeses que se suman, en genuino cortejo de romeros de a pie que irán a preceder a la cabalgata romera que los aguarda: caballistas, vehículos engalanados, las primorosas carrozas de las peñas, la que porta la primaveral belleza de la Corte Romera, evocadora de la canción popularísima:

 

“Por el Puerto de la Salve,

cordobesita de rostro hermoso...”

Juntos partirán desde el palmeral de la Victoria, que con rumor de brisas nos habla de extinguidos fervores marianos originados a poco de la conquista fernandina en torno a la Virgen de las Huertas, luego llamada de la Victoria. Especialmente emotivo es siempre el paso de la comitiva romera por los viejos barrios de la Axerquía, antes de la salida por el lugar de la puerta de Plasencia a lo que fuera el campo del Marrubial. Allí, el recuerdo de San Fernando, acampado con sus huestes en el Realejo; allí, la Córdoba eterna rememorando tantas venidas de Santa María de Linares, sus estancias en sus sacros recintos, desde San Pablo hasta los Padres de Gracia, y de modo singular en el que, durante siete siglos, fue su templo parroquial de San Lorenzo. Y cada año, ante el santuario salesiano, reencuentro de arraigadas devociones marianas, la celestial Auxiliadora cerrando provisionalmente el ciclo cordobés de las coronaciones canónicas, dignamente iniciado, va a hacer 45 años, por la Señora y Madre de los Dolores.

 

Y en el esplendor de la mañana radiante, la alegría de los cordobeses desbordada en aclamaciones, palmas y cantares en la legua larga de andadura hasta la engalanada morada de la Madre en el alcor de la sierra. A ella me sumo, anticipadamente, con estas

 

SEGUIDILLAS ROMERAS

PARA LA VIRGEN CAPITANA

 

La Virgen de Linares,

flor nazarena,

quiso por conquistarnos

ser cordobesa.

¡Bendita hora

en que nuestra te hiciste,

Conquistadora!

 

Las aguas del arroyo

pasan cantando

loores a la Virgen

del santuario.

¡Quién fuera agua

para cantarte siempre,

Inmaculada!

 

De Córdoba a Linares

van los romeros,

de Linares a Córdoba

tus ojos bellos.

Que en el camino

tu mirada nos salve

de los peligros.

 

Atalaya serrana,

dichosa eres

guardando a la más bella

de las mujeres.

En tus almenas

se funden en abrazo

cielos y tierra.

 

Trinos de ruiseñores

en la Vegueta,

la brisa susurrando

en la alameda.

La serranía

himnos de amor entona,

Santa María.

 

Fresco verdor de hiedras,

fuerza de encinas,

paz y óleo en los olivos

se te reclinan.

¡Rosa de mayo

que entre jaras floreces

para arrobarnos!

 

Percutiendo la tarde,

son de campanas,

que al campo está saliendo

la Capitana.

¡Doncella pura,

al sol vas eclipsando

con tu hermosura!

 

Astro de la mañana,

luz del ocaso,

estrella que nos guías

desde lo alto.

Nunca nos faltes,

faro de nuestra vida,

gloriosa Madre.

 

Paso a paso, irá creciendo la pleamar del gozo hasta que en el Puerto de la Salve brote a los labios desde el hondón del alma la popular, entrañabilísima oración que aprendimos de niños:

 

“Dios te salve, Virgen pura,

Reina del Cielo y la Tierra;

Madre de misericordia,

De gracia y pureza inmensa;

Vida y dulzura, en quien vive

Toda la esperanza nuestra...”

 

Y poco más tarde, jubilosos en el reencuentro con la Virgen de Linares, la emoción ha de arrancarnos, al fin, el piropo sublime del verso sagrado del Cantar : “¿Quién es esta que se alza como la aurora, bella cual la luna, brillante como el sol, imponente como ejército en orden de batalla?”. Porque Ella es la Conquistadora que a tantos cordobeses un día nos conquistó el alma con su hermosura radiante, la Capitana que nos guía, fuertes en las pruebas, atentos en el servicio, la Reina soberana que lo es porque es Primera entre los creyentes, cumplidora fiel del precepto evangélico: “Los reyes de las naciones las dominan y los poderosos se muestran como bienhechores. No sea así entre vosotros, sino que el mayor se porte como el menor, y el que preside como el que sirve”.

 

Sierva del Señor y de su pueblo en su vida terrena, la Virgen prolonga por los siglos su altísima vocación de servicio intercediendo permanentemente por sus hijos. Por eso es, sobre todas las creaturas, Reina, con poder derivado del supremo de Cristo, que, acunado por la Virgen de Linares, empuña en su diestra el símbolo imperial del orbe, redimido por la cruz, mientras la Señora sostiene a su izquierda el regio atributo del cetro. Madre e Hijo ostentan en sus antiguas representaciones coronas imperiales, cerradas por bandas de raigambre oriental, norma frecuente en las efigies cordobesas de la Virgen Madre. Posiblemente tuvo Nuestra Señora corona tallada en su hechura original; lo sugiere la pieza superior de la testa virginal, descubierta en la última restauración, tras la cual la Virgen y el Niño fueron nuevamente obsequiados con áureas coronas, que no lucían desde hacía más de un siglo, cuando la Madre fue coronada con resplandores con estrellas, tan característicos de nuestras imágenes de la Concepción, y el Hijo con las tres potencias simbólicas de su plenitud de sabiduría, poder y gracia. Corona imperial y nimbo estrellado se complementan en la rica presea que para su Reina Coronada preparan los cofrades de Linares.

 

Cada año, el aniversario de la conquista fernandina es para la Iglesia de Córdoba, ante todo, aniversario de su restablecimiento bajo la realeza de Santa María de Linares. Del último solemnemente celebrado en la ciudad, conservo vivo el recuerdo de su bendita imagen bordeando el muro de la antigua mezquita, entronizada bajo el suntuoso templete de plata que cada 8 de diciembre cobija a la Purísima en la liturgia catedralicia. Un año nos separa de las horas sublimes en que, junto a los mismos muros, Ella se acerque al impar escenario donde la Iglesia corone canónicamente las sagradas sienes, reconociendo esos dichosos 775 años que Córdoba lleva gozando de la regia, materna protección de la Virgen de Linares. Los millares de firmas, las adhesiones institucionales, la bendición episcopal, el programa de actos, estudios y publicaciones, las donaciones de dinero y joyas preludian ya el magno acontecimiento que, entusiasta, celebro con este anticipado soneto

A NUESTRA SEÑORA
DE LINARES CORONADA

 

Áureo destello virginal que oscura

noche del alma alumbras; delicado

latido maternal, predestinado

a sernos manantial de la ternura.

 

Córdoba, en siglos de filial ventura,

tu ser proclama bienaventurado,

que Dios en ti se mira, reclinado

en el remanso de tu carne pura.

 

Primavera de aromas se engalana,

otoño se estremece en suave brisa,

y a tus plantas se rinden, Capitana.

 

Que siempre, como célica divisa,

nos des, Conquistadora soberana,

tu vista azul y el sol de tu sonrisa.

 

Sirva esta humilde oración como entrañable hasta pronto a Nuestra Madre. Y desde la confianza que me inspiran vuestra grata presencia, vuestro cálido respeto de esta noche, en el final de esta loa gozosa ante su evocada imagen, me atrevo, hermanos cordobeses, a pediros que unáis vuestras voces a la mía en exultante aclamación:

 

¡Viva la Conquistadora de Córdoba!

¡Viva la Capitana de nuestro pueblo!

¡Viva la Virgen de Linares!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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