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Extracto de la Crónica de la Conquista de Córdoba por el Rey Fernando III El Santo

En Santo Rey se levanta al salir el sol; viste camisa de lino y bragas y una túnica de montar, y se guarda con magnífica lóriga y yelmo de acero con incrustaciones de oro; grazaletes y grevas haciendo juego; calza entera y espuelas de plata; un amplio abrigo cubre sus armas y arreos. Cíñese la espada, ancha y formidable, que remata en cabeza de clavo, y, tomando su escudo, sale de la regia cámara. Abajo en el patio, repleto de magnates y guerreros, monta en su caballo; en el arzón de la silla, va la Virgencita con el Niño Dios en brazos, que le acompaña a todos los combates; la silla es e altos borrenes recubiertos de oro, sujeta por cincha, atajarre y metal preciosos, de los que cuelgan ricos pinjantes. Y de esta suerte ataviado, emprende el camino que le conduce a la catedral.

Van rompiendo marcha los arqueros y lanceros; después los magnates y el abanderado que lleva el pendón real. Tras de éste, San Fernando, puesto el pensamiento en Dios, avanza hacia su templo. En las puertas de él, espéranle los prelados y los clérigos, que visten casullas sedeñas y albas riquísimas, llevan incensarios de plata y cobre y rodean al sacerdote que conduce una cruz, maravilla de arte y riqueza, cuajada de piedras preciosas y adornada con labores delicadísimas.

El Rey penetra en lo que antes fue mezquita y era entonces catedral. Lujosamente colgada, con velos y cortinas polícromos, reverberan las infinitas luces en el oro de los altares, den el brocado de los frontales, palleos y greciscos, en el rico damasco y el precioso brocado que cubre las aras. Hay coronas argénteas, que penden de la techumbre, y una de singular hermosura, "gemmata y dearata", cuelga de la pérgula, con las coronas de vasos litúrgicos, lámparas de plata y lucernas de vidrio. El humo fragante de los incensarios finge nubes por la nervadura de las cúpulas. Los cantos severos de la Iglesia hacen rodar sus notas bellísimas sobre los espíritus enfervorizados.