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publicado en la prensa, en el primer aniversario de la muerte de nuestro sacristan honorario perpetuo.
d. antonio ruiz rubio

Fue el 13 de mayo
Diario Córdoba 12 / 05 / 1990

MANUEL ESTEVEZ RECIO


ESTAMOS en Córdoba, en mayo, mes de María Santísima y mes de las flores. Por todo ello, en el primer aniversario de su muerte, quiero traer aquí el recuerdo de un cordobés enamorado de la Virgen y de su Córdoba natal: Antonio Ruiz Rubio.


Para recordarle y hablar de él, me quiero permitir la licencia litera­ria de tutearlo; de esta forma, salvando respetuosamente las distancias, podremos expresar más intensamente la impresión y la hue­lla que este hombre singular nos dejó.


Le conocía desde que nací, fui monaguillo con él en la Parroquia de San Lorenzo. También me llevó muchas veces al Santuario de Linares para participar en las liturgias, en las que él era el alma y la ilusión. Fueron muchos los días en los que de chico le llevaba la "comida" a la Plazuela del Moreno, lugar donde tenía ubicado su puesto de trabajo.


En la época en que vivimos se hacen muchos homenajes, se reconocen los méritos de muchos que abandonaron esta vida y por ello creo que sería bueno dedicarle este merecido recuerdo en este 13 de mayo, a este hombre sencillo, aus­tero y entregado a una superación constante para mejorar permanentemente el culto y la liturgia que su fe de creyente le demandaba y su corazón sentía.


Antonio: En el mes de abril del 89 se fue al Cielo tu tocayo el organista, amigo tuyo del alma y compañero en tantas liturgias, llenas de amor, de servicio y de fe, en tu querida Parroquia de San Lorenzo.


A partir de ese día empezaste a sentir sana envidia de él. Decías que te lo imaginabas lleno de felicidad y contemplando sus ojos, ya liberados de la ceguera terrenal, las maravillas celestiales que con su enorme fe supo imaginar.


Poco a poco tu corazón se fue desbordando. Recuerdo que te llevamos la Comunión de Impedidos y tu casa era un auténtico Santuario Mariano.


Sé que hablabas a diario con la Virgen y, en una de estas conversaciones, le pediste que te llevara para el Cielo, que te llevara junto a tu amigo Antonio el organista. Ella te escuchó y en un día precioso para ti (el 13 de mayo, festividad de la Virgen de Fátima), te reclamó para el Cielo.


Conociéndote como te conocía, sé que a la Virgen le tuviste que pedir un pequeño favor: que te salieran a recibir a las puertas del Cielo dos santos que tú, como cordobés y creyente, admirabas profundamente: los hermanos Acisclo y Victoria. Yo estoy seguro de que ellos fueron los que te adentraron en el Paraíso.


Estando ya en el Cielo, gozaste plenamente de la más exquisita de las liturgias: la liturgia celestial.


Cuando participaste, cuando pal­paste la majestuosidad celestial, sé que te acordaste de un hombre: Pablo García Baena. Tu ilusión sería que este singular poeta pudiera cantar con su majestuoso verbo poético tanto equilibrio de paz, magnificencia y belleza. Sé y me consta, que llamaste a la Ermita del Socorro para intentar localizarle, porque no en balde tú sabías que él acostumbra a visitarla con cierta necesidad... de inspiración...


En el mes de San Rafael y por la festividad de la Virgen del Rosario, murió tu amigo Juan Martínez Cerrillo. Tú saliste a las puertas del Cielo a recibirle y tus ojos se llenaron de alegría y tu corazón de gozo, cuando le viste llegar con la túnica penitencial de tu Cristo del Calvario.

¡Quién pudiera presenciar los diálogos que Allí, en la Sacristía Celestial, mantendrías con tu amigo Martínez Cerrillo! El, como exquisi­to imaginero de Vírgenes y tú como enamorado de la Virgen en todas sus advocaciones.


Antonio Rey, tu gran amigo y compañero en tantas y tantas liturgias, ya en tu Santuario de Linares, ya en tu Parroquia de San Lorenzo, me decía el otro día:


"Hace unos días, mientras me sometía a una pequeña operación, y estando dormido, vi cómo llegaba hasta mí un exquisito resplandor que bajaba de la Sacristía Celestial. Antonio Ruiz y Juan Martínez Cerri­llo discutían, cómo no, de sus Vírgenes. Uno decía que la más bonita era la Paz y Esperanza y el otro afirmaba que la más bonita era la suya, su Virgen de Linares.


Finalmente, vi cómo se acercaba a ellos Ramón Medina, para poner paz y armonía... recordándoles la reflexión: Arroyito de Linares, tus aguas quitan las penas, porque llevan tus cantares, la Virgencita morena...


Al finalizar estas encantadoras palabras, vi cómo los tres se abrazaban llorando de emoción y de alegría, pues aunque están en el Cielo, no olvidan a su querida Córdoba".


Después de este relato, recordé a Antonio Rey la conversación que mantuve con Antonio Ruiz en el portalón de la Iglesia, meses antes de morir:


"Antonio, —le pregunté— ¿por qué imagen de la Virgen sientes más debilidad? El me contestó: Mira, como sabes yo soy un enamorado de todas las advocaciones. Soy un hombre que siente un gran amor hacia la Santísima Virgen, pero ya que quieres una contestación, te la voy a dar, limitándome a las imágenes de Córdoba.


La Virgen que me ilusionó y me llenó de esperanza durante mi juventud, fue la María Auxiliadora de mi querido Colegio Salesiano.


La Virgen de Linares me "con­quistó" y me tiene a su servicio, durante más de 50 años.


Nuestra Señora de los Dolores, me hizo comprender el dolor y el sufrimiento de cada día.


Mi Virgen de Villaviciosa, me hizo ver claramente que los humildes de corazón serán los privilegiados en el Reino de los Cielos.


Finalmente, Nuestra Señora de la Fuensanta es la que me hace sentirme orgulloso de haber nacido en esta bendita tierra, en esta mi querida y amada Córdoba".


Antonio, quiero traer aquí el comentario que sobre ti hizo tu amigo Miguel Navajas: "Martínez Cerrillo las imaginaba, las tallaba y las pintaba. Y Antonio Ruiz las amaba, las exornaba y las glorificaba con sus exquisitas liturgias".


Como colofón, quiero reproducir aquí tus palabras, que aparecieron publicadas en la revista "Córdoba en Mayo" y que ya no pudiste leer:


"A una legua de la Sultana Córdoba, en una planicie que domina nuestra hermosa ciudad, entre frondoso ramaje y adornada con las más inolvidables galas de que la Naturaleza es pródiga, se alza una modesta ermita, la de Nuestra Señora de Linares, lugar en el que el Santo Rey Fernando III acampó con sus tropas antes de emprender la gloriosa etapa de la reconquista de nuestro territorio. Desde 1236, se venera allí la Virgen titular, bonita y morena como cordobesa de raza, ídolo de sus paisanos de añeja estructura moral, de arraigadas creencias y de corazón de Madre".


Antonio, el día de tu entierro, celebrado en el Santuario de Linares, el cerro de San Fernando nubló el cielo, para que no se vieran las lágrimas de pino de las Fuentes, de las adelfas y del propio arroyo.


Con cierta ligereza solemos decir que nadie es imprescindible en esta vida; puede ser cierto, pero también es verdad que Linares sin ti ya no será el mismo.La Córdoba inmortal, te tiene que echar de menos.

En atención a él, en reconocimiento al amor y celo que siempre demostró por su Córdoba, por su Parroquia de San Lorenzo, por su Santuario de Linares y por esa vida entera entregada al culto divino y a esas liturgias marianas que su enorme fe le demandaban, este cordobés merece nuestro homenaje.

Quien conociera a Antonio Ruiz, sabe que el mayor homenaje que se le puede ofrecer es que no decaiga la fe que en María Santísima el pueblo de Córdoba siempre demostró y que ese paraje que rodea al Santuario de Linares, sea orgullo permanente de los cordobeses y merezca la atención y cuidados de las autoridades, como símbolo de la Córdoba de siempre.

Si esto es así, estamos seguros que Antonio Ruiz, desde su Sacristía Celestial, lo agradecerá.