ABC 08 - 05 - 2.006

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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CÓRDOBA



La primavera se rinde ante la Conquistadora

Miles de cordobeses cumplieron con el rito y atravesaron la Sierra
para homenajear a la Virgen de Linares en una jornada
en que se mezclaron la diversión y la devoción






POR L.M.

CÓRDOBA. Tan hermosas y delicadas, tocadas con colores tan vivos, parecían ofrendas que la naturaleza hubiera preparado. Se les veía junto a los caminos, en las cunetas, al paso de los romeros, y parecían ofrecerse para estar al pie de la Virgen. Mayo quemaba la sierra con los primeros calores definitivos del año y por allí llegaba una algarabía de fiesta y palmas.

Las flores llamaban a los peregrinos desde las cunetas. Querían ir con la Virgen de Linares y no fueron pocos los que les hicieron caso. Con el inocente y primitivo ritual de cortarlas del tallo y ofrecer su vida ante la divinidad las recogieron y las tomaron con primor, sabiendo que tomaban algo delicado. Se les vio empezar con algarabía en la ciudad, entre cantes y cohetes, convocando a la diversión una mañana temprana de domingo.

Con trajes flamencos, en carrozas engalanadas, al ritmo de sevillanas, subieron hasta la Sierra. Hubo muchos que lo hicieron en las típicas carretas, aunque hubo otros que prefirieron ir a pie o que tuvieron la fortuna de escoger el caballo. Mereció la pena el camino, enmarcado en el esplendor de la Sierra en primavera y en las flores.

Y al fin, después de los repechos y mientras el sol empezaba a castigar, llegar al paraje en que la Historia se decidió a escribir el capítulo de la Reconquista, al primer lugar en el que Córdoba volvía a ser mariana, esta vez para siempre.

Poco después del mediodía se llenaba el pequeño santuario de la Virgen de Linares. Había cantos y alabanzas para la Conquistadora, la que ayudó al rey Fernando III a cristianizar Córdoba. La algarabía exterior se transformaba en fervor recogido en torno a la Virgen. Colgaduras azules, del color del cielo, recordaban la advocación de la Señora: Purísima Concepción de Linares, mientras el pueblo le dedicaba Salves y oraciones durante todo el tiempo en que se pudieron hacer ofrendas a sus pies.

Fuera se desató después la fiesta. Los altavoces hacían sonar las últimas canciones de moda, las carrozas ganadoras recibían los premios al esfuerzo de la decoración efímera que sólo sobrevivirá en el recuerdo.

Era el tiempo del perol, de sentarse sobre la vegetación natural y asomarse tal vez a una de las más hermosas vistas de la ciudad. De disfrutar del vino, la conversación y un arroz seguro que guisado a media tarde. De bailar y cantar alguna sevillana que demasiadas veces hablaría de lejanas marismas.

En el interior del santuario, en la penumbra de la devoción, la Purísima Concepción de Linares recibió en su corazón la ofrenda de las flores recogidas del campo.



FOTO: ROLDÁN SERANO
Dos romeras hacen una ofrenda a la Virgen de Linares.



 

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